jueves, 1 de mayo de 2014

Tuviste suerte


La habitación está a oscuras y en silencio, apenas relumbra el brillo del monitor en su cara, en su cuello, en sus vellos… Su cara devora algo en la pantalla, algo que va por líneas, por párrafos: Palabras. Sus ojos se mueven de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, y bajan cada vez más. Enseguida, es la cara lívida, los brazos exiguos. La cara pálida entre las manos. Los codos apoyados sobre la mesa. Las manos que tiemblan. Las manos alborotándose el pelo, las manos arrancándose el pelo. Las lágrimas. Los puñetazos contra la mesa.

No esperaba presenciar esto, yo sólo vine a despedirme. Pero fíjate cómo son las cosas, justo te encuentro leyendo eso. Eso.

Sé muy bien lo que lees, Saúl, lo sé muy bien porque fui yo quien lo escribió. Lo que me extraña es que lo vengas a leer ahora… Uno, dos, tres, ¿cuatro meses después?

Recuerdo muy bien ese correo, sí. Pero no pienso leerlo, no es bueno leer lo que no es para uno. Aunque de pronto… De pronto te resulta interesante saber cómo fue que lo escribí... Deja que te cuente, aunque no tengo mucho tiempo, aunque no sepas que estoy aquí.

Verás, hacía un frío tremendo. El infierno debe ser frío, Saúl, yo pienso que es así, luego vendré y te contaré. En ese clima helado uno siempre anda con los pies y las manos frías, y tú sabes que nunca me gustó esa sensación en el cuerpo, nunca. Ya por el clima nada más me sentía mal, pero el clima era sólo algo accesorio. No te puedo decir que lo escribí de puño y letra, no sería verdad, no. Sí te puedo decir que lo escribí de nervio a mano de mano a dedo y de dedo a tecla, es más apropiado ponerlo en esos términos, porque fue así. El ritmo con el que lo escribí fue el de una metralleta en plena balacera, imagínate una balacera, Saúl, pero métete dentro de la balacera para que me puedas entender: Casi sin respirar, casi sin pensar, pero sin dejar de apretar los dedos contra las teclas y que fuera lo que Dios quisiera. Y ahí está, ahí en tu buzón, una misiva que parece un misil, que ahora te apunta en tu cara sin que puedas hacer nada. No, es que no hay nada que puedas hacer.

No tengo mucho tiempo, ya te dije que sólo vine a despedirme, aunque no sepas que estoy aquí. Estos minutos que me quedan se los voy a dedicar a recordar las frases duras de ese correo, frases como ésta: «contigo todo es difícil…» o ésta: «Si tú eres mi regalo… ¿Cómo se te ocurre aparecerte así?» y la que pienso que es la peor: «¿Mejor como amigos, no?» Eso es una granada, Saúl, no es tan solo una bala, no después de todo... Una bala te perfora, te abre un huequito en la carne, que luego sana. Una granada es otra cosa, te explota en la cara, te revienta, te hace añicos. Ve a saber si luego puedes reconstruirte, yo no sé si se pueda, Saúl, después de una granada… Yo no sé.

En el fondo tuviste suerte, Saúl. Tuviste suerte de que lo único que se cayera del décimo piso fuera una maceta, que fuera lo único que se estrellara contra el asfalto que siempre está mojado y helado. Pero no fue gran cosa, porque la maceta ya estaba muerta, tenía la tierra árida y apretada. Te digo, nada qué lamentar, ya estaba muerta.

Y ahora para qué tantas lágrimas, Saúl, ¿para qué? No caigamos en esto. Tú caliente, yo frío. Tú blanco, yo negro. Tal vez por eso terminamos con la vida hecha cuadritos, como un tablero de ajedrez. Había que entender que el alfil se mueve en diagonal, que el caballo se mueve en ele, pero sobre todo había que entender que la reina se mueve hasta donde quiere y que es al rey al que le hacen jaque mate. Yo no inventé el ajedrez, Saúl, yo sólo jugué una partida y ya no importa, porque ya estoy viendo todo en blanco y negro, porque estoy aquí y tú ni siquiera sabes que estoy.

Esta escena es muy patética, Saúl, yo no esperaba presenciarla pero fíjate que uno a veces es inoportuno, a veces oportunista, a veces pierde la oportunidad, no sé por qué pienso en palabras que tienen que ver con la palabra oportunidad... Imagínate un dado, y en cada cara del dado una palabra que tiene algo de oportunidad. Yo siento ese dado, aquí, en este momento, lo siento sacudirse en el aire como un boxeador en el cuadrilátero. ¿Por qué juegas y juegas con ese dado, Saúl? No me digas que estás pensando en


Yo sólo vine a despedirme, Saúl. Para que sepas que vine voy a tocar tres veces a la puerta, porque es así como me han dicho que hay que despedirse en estos casos. Mis abuelos y mis bisabuelos se han despedido así, igual que tanta gente que ya se ha ido. Voy a tocar tres veces a la puerta, Saúl, no te asustes, no vas a verme pero quiero que sepas que soy yo. Voy a tocar tres veces a la puerta, porque ya todo está escrito, porque ya todo está leído.


Escrito por: Ambar Gómez
La foto: Freeimages.com