miércoles, 23 de abril de 2014

El gallo, animal gregario



El boquete de acceso a los corrales no es muy grande. Unas gallinas, las más gordas, salieron agachadas a través de él, encogidas, casi pegando la pechuga contra el suelo. El gallo también salió muy agachado; luego se agrandó, hasta sus imponentes cincuenta centímetros de alto.

Una vez en las afueras de la granja, envueltos en el olor a tierra tibia y a hierba tierna, los pollitos pían y pían y pican el suelo, como probando a qué sabe. Sabe a tierra, no les gusta; prefieren caminar desordenados entre las patas amarillas y escamosas de su madre.

Algunas gallinas escarban el suelo, como en una especie de rito: Mueven una misma pata hacia atrás, dos veces; nunca más. Luego mueven la otra pata, igual, dos veces y hacia atrás. Pican el suelo, si hay suerte pescan una lombriz rosada, y se la tragan. La mamá de los pollitos no se traga ella la lombriz sino que se la deja a los pollitos. La lombriz fuera de tierra se retuerce, malcriada, y los pollitos le dan un picotazo y se echan para atrás, los asusta ese cuerpo anillado, gelatinoso pero sabroso. Hasta que, de tantos picotazos, la lombriz se queda quieta en el suelo, entonces los pollitos terminan de picarla y se la tragan, dormida, como les gusta.

A eso de la una, cuando el aire tibio huele a plumas y todos tienen los buches llenos, los emplumados buscan la sombra que dan los almendros, y se echan de pecho y patas sobre el suelo fresco. Todos suben los parpados de sus ojos, y esa telita delgada los cubre del escándalo de la luz mientras descansan. Todos usan esa cortina; menos el gallo, que no duerme. El gallo, sobre una rama del almendro, descansa su buche lleno de pasto, mosquitos, granos de maíz y lombriz picada. Las patas dobladas pero los ojos abiertos: El gallo divisa y cuida su camada.

Es en esas que se acerca, por las ramas, un emplumado elegante, patón y de cresta muy roja. El gallo echado lo divisa, solo lo divisa. El gallo echado lo ve merodear y acercarse a su camada, por las ramas, siempre por las ramas. Cuando se les acerca mucho, el gallo echado se levanta, rápido, despliega sus patas como bisagras, y entonces se reconocen mutuamente: Macho a macho, frente a frente.

El recién llegado aletea. El otro levanta la cresta y esponja el plumaje del pescuezo. Gallo y gallo, se bajan de las ramas.

El Sol incendia la tarde, y el combustible es el otro macho que ha llegado. Todo arde. El recién llegado ataca primero, estira el pescuezo y pretende picotazo. Se oye el rasguear del aletazo del otro en el aire. Así, el otro le impide el primer intento, y enseguida levanta la pata derecha, su espolón es grande (lo sabe), sopesa su espolón y la posición del contrincante. De pronto, aletea y el espolón roza el pecho del recién llegado. 

Este no se amilana, sino que asesa, abre el pico y se le dilatan las pupilas, su espolón no es grande pero está afilado (ahora que lo recuerda), y se propone demostrarlo. Rasga un poco el buche del otro, sin embargo, parece que al otro el dolor lo exalta, o es el aire raro o son las llamas del incendio, asesa también, el otro, y, finalmente, se lanza con las alas extendidas y no falla: Espolón clavado en el ojo del recién llegado.

Como puede, el recién llegado sube el párpado de su ojo lacerado, el Sol le quema cuando se le mete por el iris y por lo que le queda de pupila. Cómo pica, cómo arde, ese ojo. Asesa, el gallo herido, se echa para atrás y se le doblan las patas; ahora sólo ve con un ojo, desde el suelo en donde está. Y todo se ve más grande y más lejos desde ahí. El rival, sobre todo, se ve enorme, por la luz llameante de la tarde, y por la victoria, que le esponja y le engrasa las plumas y le agranda las patas.

El pescuezo erguido, la cresta levantada: El gallo vencedor despliega sus alas, de plumaje negro verdoso, y aletea. Airoso, se devuelve a su rama.

Finalmente, el recién llegado se levanta y gira el pescuezo, porque ahora mira mejor de lado. Con el ojo sano ve, entre sombras, un boquete que da a otra granja. Sigue mirando, fijamente. Sigue mirando el boquete y, un poco encogido, se le acerca.

Escrito por: Ambar Gómez
La foto: Freeimages.com